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  • Junto a la obra de Aridjis debemos mencionar otras

    2019-05-13

    Junto aldose reductase la obra de Aridjis, debemos mencionar otras que aparecieron posteriormente y que refieren o están emparentadas con esta siniestra temática: las novelas Ruda de corazón, el blues de la mataviejitas (2006), donde Víctor Ronquillo establece una relación ficcional entre la conocida religiosidad hacia la Santa Muerte de la multihomicida Juana Barraza Samperio —la “mataviejitas”— y sus característicos comportamientos criminales; Parábolas del silencio, libro de cuentos de temáticas violentas y también sobre algunos tópicos esotéricos como “Plegarias silenciosas”, del autor regiomontano Eduardo Antonio Parra y, especialmente, La esquina de los ojos rojos (2006), última novela publicada en vida de un autor que debido a su larga labor literaria resulta emblemático para el género negro mexicano: Rafael Ramírez Heredia. Esta obra constituyó, además, la segunda novela de la trilogía sobre el “México oscuro” ideada por este autor. Éste, su último proyecto narrativo, estuvo planeado que apareciera en tres actos y el autor hubo, por cierto, de incorporar procedimientos estilísticos que variaron su forma anterior de narrar. Con la publicación, en fin, de todas estas obras quedó ilustrado, en nuestras letras, que la histórica y característica oligofrenia religiosa de México había tomado un nuevo cariz.
    María Auxiliadora: una virgen colombiana del joven sicariato y el crimen global Así como otras narrativas se han aventurado, en distintas latitudes, a describir la violencia endogámica y su relación coyuntural con las creencias religiosas, se encuentra un claro paralelismo entre esta novela mexicana, La esquina de losojos rojos, y la del colombiano Fernando Vallejo y su obra La virgen de los sicarios (1994): En esta obra la relación entre los jóvenes sicarios de medellín —o “metrallo”, como le apodan—y sus creencias religiosas queda expuesta una devoción hacia una divinidad de raigambre salesiana, vestida de azul y rosa: maría Auxiliadora, la Virgen de Sabaneta, la virgen-niña a la que se pide protección. Lo que nos refiere a un culto que entremezcla la fe católica con los fenómenos criminales más notorios de la época —un medio ambiente dominado entonces, por el ahora ya tristemente célebre cártel de la droga de Pablo Escobar, quien, por cierto, era en vida devoto incondicional de esta fe— que han reconfigurado la creencia en la búsqueda de un protección de carácter proscrito frente a heterotrophic una realidad, donde el fin ronda cada acción, cada movimiento. En el caso de méxico es la cada vez más conspicua presencia de la Santa muerte, una deidad sincrética y poderosa, la llamada “Niña Blanca”, es una devoción de profunda raigambre, incluso más que en el caso colombiano: ha ahondado, para Gil Olmos, sus profundas raíces en la historia misma de un país. la presencia del esoterismo o la religiosidad reconfigurada en estas dos novelas no es, en lo absoluto, un acontecimiento aislado sin importancia semántica. Es, en sendos ejemplos literarios, una alteración auténtica sobre la cotidianidad, una presencia reveladora y crucial de las condiciones sociales y las dinámicas directrices de estos nuevos referentes religiosos. La presencia de estos cultos en la novelística latinoamericana contemporánea nos habla de la recuperación de la fe y la creencia a través de revisitadas actitudes espirituales e ideológicas, donde la presencia de la magia o de los estado alterados de la conciencia, obedecen a un claro reordenamiento cultural y a una calibración diferente del esoterismo en la actualidad, principalmente en ambientes que han alcanzado un grado agudo de hiperviolencia. En el centro de México y en las calles del “Barrio Bravo”, también los actos inciertos se debaten en principios metafísicos y ontológicos de elevada trascendencia, pero desprendidos de la cotidianidad más prosaica. La esquina de los ojos rojos hermana su discurso con la narrativa colombiana en el sentido de que la violencia y el crimen han vuelto la realidad en una forma de limbo —un lado moridor, diría Revueltas— donde el vivo no es sino el próximo muerto y ambas condiciones parecen alternarse dolorosamente en el relato descarnado de Vallejo: “Y así vamos por sus calles los muertos vivos hablando de robos, de atracos, de otros muertos, fantasmas a la deriva arrastrando nuestras precarias existencias, nuestras inútiles vidas, sumidos en el desastre”.